¿Cuál es la frontera final? Sin ninguna duda LA MUERTE. Más tarde o más temprano, pensamos en ella, sea cual sea nuestra edad.

Algunos piensan que no es cuestión de preocuparse por ella, cuando no sé sabe con seguridad lo que la muerte traerá. Personalmente no estoy de acuerdo.

Hay un libro que dice exactamente lo qué sucederá después dé la muerte: La Biblia, Las Sagradas Escrituras lo dice muy claramente. Incluso personas no cristianas pueden ver qué es un libro creíble y confiable dé récords históricos. Y si es correcta acerca de historia, ¿Por qué no sobré otros temas?

La Biblia cubre un inmenso rango de tópicos, sin embargo, a pesar de que fue escrita sobre un periodo de más 1.500 años, por 40 autores y en tres continentes, no incluye contradicciones. Esta armonía y avenencia, para mí, deja claro que hay algo mucho más importante en la escritura de este gran Libro que las ideas y pensamientos humanos.

El gran número de profecías cumplidas, y el testimonio de arqueólogos e historiadores, todo añade a un cuadro de sólidos y concordantes testimonios de hechos. Por tanto, ¿qué nos dice este Libro acerca de la muerte y lo que hay en “el más allá”?

Horrible descripción. En primer lugar nos dice que la muerte vino como resultado del pecado. Es un castigo que merecemos. Pero después de la muerte viene el juicio, nos confirma la Epístola a los Hebreos 9:27 “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,…” Así que, excepto si nuestros pecados son perdonados, no tenemos escape del castigo del infierno. Por eso el versículo siguiente de ese capítulo 9 de Hebreos nos afirma” … así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos…” El libro del Apocalipsis 21:8 dice que “…los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarlos y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre… “

Es doloroso describir tan horrible panorama, pero hay una esperanza para nosotros, y esta esperanza viva es Jesucristo. Dios prometió un Salvador desde el momento que por primera vez, el hombre pecó. Dios dijo a la serpiente en Génesis 3:15 “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar (talón)”. Esta fue la primera de las muchas promesas de un Mesías que vendría a rescatar a la humanidad perdida.

Antes de la crucifixión, Jesús prometió a sus discípulos: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros”. Ese lugar es el cielo, las moradas celestiales.

El cielo es gráficamente descrito en los capítulos finales del libro de Apocalipsis: “…Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como el vidrio… “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (Capítulo 21: 22 y 23). “Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y el Cordero estará en ella…” (Cap. 22:3).

Pero Apocalipsis 21:27 también dice: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero”.

No somos lo suficientemente buenos para ir al cielo porque todos hemos pecado y hecho algo malo. Bien por mentir, traicionar, robar e incluso asesinar; todos somos igualmente culpables. Ninguno de nosotros merecemos el cielo, y no tenemos esperanza de llegar a él sin Jesucristo. ¿Por qué Jesús? Porque no hubo ningún otro hombre puro y sin pecado que muriese en una cruz llevando en él nuestras culpas y transgresiones. Porque Jesús fue especial, él era y es el Hijo de Dios. Fue Dios y Hombre verdadero. Un hombre perfecto que podía cargar con nuestros pecados y limpiarnos con su sangre derramada en la cruz del Calvario. Ya el profeta Isaías profetizó: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová, es decir Dios, cargó en él (en Jesucristo) el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Y esto porque Dios nos amaba, y como el mismo Señor Jesús dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Más tarde en Juan 14:6 el mismo Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; NADIE viene al Padre, sino por mí”. Con estas afirmaciones la Biblia claramente certifica, que no hay ningún otro medio de ir al cielo si no es por la fe en Jesucristo y su obra de Redención de nuestros pecados.

Nuestros pecados han sido lavados. Cuando Jesús murió en la cruz del Calvario, Él llevo el castigo que nosotros por nuestros pecados merecíamos. Y cuando al tercer día, Él resucitó de entre los muertos, todos los que confían en Él son justificados. Como el apóstol Pablo lo explica en su carta a los Romanos 4:24-25 “… a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación”. Es decir a los ojos de Dios somos limpios y puros como Jesús, y de esta manera podemos entrar también en el cielo. Es admirable confiar en Cristo y tener la seguridad de que cuando muramos iremos al cielo porque nuestros pecados han sido lavados en la sangre de Jesús. ¡Es maravilloso no tener que preocuparse ni tener incertidumbre sobre un tema tan importante!

Sobre esto ya el profeta Isaías llamando al arrepentimiento dijo: “Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). Y en Miqueas 7:19, el profeta afirma: “Él, (es decir Dios) volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”.

Sin embargo, esta gran bendición conlleva una gran responsabilidad. La muerte llega repentinamente a personas de todas las edades. ¿Cómo podemos quedarnos parados y no decir a nuestros amigos, familiares, vecinos e incluso a extraños lo que les espera si continúan viviendo en pecado y sin Dios? Como Pablo, demos ¡”Gracias a Dios por su don inefable”! Pero pidámosle de su poder para anunciar a otros ese don y esa salvación que solo encontramos en y por medio del Señor Jesucristo.

Marcos Román

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