Posiblemente no exista palabra más usada y, al mismo tiempo, devaluada que la palabra “AMOR”. Todos somos conscientes de su necesidad.  Sentirnos amados es de tanto valor para nosotros que decimos no poder vivir sin él. Pero ¿cómo podríamos definir todo el significado que abarca esta palabra? Sin duda alguna, una de las más magistrales descripciones que jamás se hayan hecho del amor es la que San Pablo nos da en su primera carta a los Corintios capítulo 13 y versículos 4 al 7. Encontramos allí 14 características que nos sirven como guía en nuestras relaciones personales y en el significado del amor:

El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso.  No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.  El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

  • Es Paciente. Paciente con las personas, no se enoja fácilmente.
  • Es Bondadoso. Amable, dulce en el trato con los demás.
  • No es envidioso. No codicia lo que tienen otros, ni se enfada porque a otros les vaya mejor que a uno mismo.
  • Ni presumido. No se jacta por lo que hace por los demás, más bien es consciente de las limitaciones propias que impiden que hagamos cosas suficientemente buenas.
  • Ni orgulloso. No se las da de importante por el bien realizado a otros.
  • No se comporta con rudeza. Se comporta con cortesía, tacto y consideración hacia los demás.
  • No es egoísta. No busca tanto revindicar sus derechos personales como sus responsabilidades hacia los otros.
  • No se enoja fácilmente. No estalla con furia ni pierde los estribos.
  • No guarda rencor. Perdona las ofensas y las olvida.
  • No se deleita en la maldad. No disfruta cuando sabe de cosas negativas de otros.
  • Se regocija con la verdad. Se alegra de que la verdad salga a la luz y se valore.
  • Todo lo disculpa. Puede aguantar cualquier ofensa que reciba de otra persona.
  • Todo lo cree. Cree lo mejor acerca de los demás.
  • Todo lo espera. Y espera como consecuencia lo mejor de ellos.
  • Todo lo soporta. Soporta activamente cualquier situación adversa intentando transformarla para bien.

No cabe duda de que el mundo sería un lugar  muchísimo mejor si pudiéramos practicar esta clase de amor. Nuestras casas, nuestros lugares de trabajo y aún nuestras iglesias serían transformados si se practicara.  Tristemente es difícil encontrar personas que vivan amando así. Sin embargo éste es el amor que Dios espera de los que han creído en Él. Realmente sólo la obra de transformación del Espíritu Santo les capacita para hacerlo.

Este es el tipo de amor con el cual Dios nos ama. Es un amor que está dispuesto a perdonar todas las ofensas que le hemos hecho y a recibirnos como hijos haciendo borrón y cuenta nueva, con tal de que nos reconciliemos con Él.

Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!  Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación.  Esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara a vosotros por medio de nosotros: «En nombre de Cristo os rogamos que os reconciliéis con Dios». (2ª Corintios 5:17-20).

Reconciliarnos con Dios hace de nosotros personas nuevas con la capacidad de  practicar este tipo de amor.

Creemos que tener más para nosotros mismos es lo mejor, pero realmente nos empobrece como personas y estropea nuestras relaciones personales. Dejar todo esto atrás solo es posible si venimos a Cristo, que nos da la oportunidad de experimentar su amor y darlo a los demás.

¿Has experimentado ya en tu vida el amor de Dios? Si no es así, hoy, en este mismo momento, tienes la oportunidad de volver y reconciliarte con Él.

Para todos aquellos que lo hemos experimentado es también momento de examinar si estamos dando a los demás este amor desinteresado, porque de no ser así, hoy, en este mismo momento, debemos volvernos a Dios con arrepentimiento.

Miguel Ángel Simarro Ruiz

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