“Si eres fuerte, sé también misericordioso, de forma que tus vecinos puedan respetarte y no sólo temerte.” Quilón de Esparta, siglo VI a.C.

La misericordia es una cualidad deseable

No sólo en nuestra época, ya en el siglo VI a.C. este sabio de Esparta animaba a sus contemporáneos a practicar la misericordia, con el fin de ganarse el respeto y el aprecio de las personas que les rodeaban.

¿Pero existe alguna otra consecuencia del uso de la misericordia?

Existía en Jerusalén, en la época de Jesús, un estanque llamado Betesda o “casa de misericordia”. Se le llamaba así porque en aquel lugar ocurría un hecho milagroso con cierta periodicidad, un ángel agitaba las aguas del estanque y la primera persona que se sumergía, era sanada de todas sus enfermedades, fuera la que fuese.

La compasión y la ayuda de Dios era patente a través de aquellos milagros. Por esto es que allí se agolpaban multitudes de personas enfermas, esperando y deseando recibir ese regalo.

Allí llegó Jesús, con motivo de la celebración de una fiesta, y vio a un hombre que llevaba 38 años padeciendo una enfermedad de parálisis en sus piernas, no podía moverse apenas, solo arrastrarse un poquito. Y esto es lo que hacía cuando el ángel agitaba el agua, pero nunca llegaba a tiempo, siempre se le adelantaba otro enfermo; pues además de su dificultad de movimiento, no contaba con la ayuda de ninguna persona.

Al igual que el rey David expresó en uno de sus salmos, este hombre podía decir: “Tu misericordia está delante de mis ojos”, aunque aún no la había experimentado en primera persona. Objetivamente no tenía ninguna oportunidad de alcanzarla, pero se mantuvo allí, esperándola.

Y la misericordia se extendió hacia él

No como había pensado, pero le alcanzó igualmente. Jesús se acercó y le preguntó: “¿Quieres ser sano?”

Este hombre no conocía el valor de esas palabras, no podía saberlo, ni siquiera conocía a Jesús. Pero su respuesta fue afirmativa, claro que lo deseaba, allí estaba esperando, en la casa de misericordia.

No hizo falta llegar al agua, Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho y anda”. Y así fue, directamente se levantó, completamente sano.

¿Podemos pensar en algún significado más de esta palabra, misericordia? Así es, hace referencia a la cualidad de Dios para perdonar nuestros pecados.

Jesús hizo un acto de misericordia sin precedentes, entregándose en una cruz y pagando el precio de nuestra enfermedad, de nuestro pecado. Él también vino a mi encuentro y al tuyo, realmente Jesús vino a encontrarse con la humanidad, enferma de pecado. Pero la misericordia solo alcanza a aquellos que la esperan y la desean, a aquellos que se dan cuenta de que la necesitan.

Echa un vistazo a tu interior, date el tiempo necesario para comprobar si estás en esa situación. Piensa en lo que hay dentro de ti. Sé honesto contigo mismo, quizá te sorprendas. Tienes muchas posibilidades de descubrir esa necesidad.

¿Necesitas la misericordia de Dios?

“Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos.” Hebreos 4:16

Marta López Peralta

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