Hace tan solo unos días que hemos estrenado un nuevo año, el 2022. Atrás dejamos un 2021 para olvidar repleto de dificultades derivadas de la pandemia de Covid19. Es posible que muchos de los proyectos que teníamos en mente (viajes, trabajos, oportunidades de negocio, etc.) se hayan visto truncados. Hemos tenido que contraprogramar, cambiar de planes y reinventarnos para salir adelante. Si a esto sumamos otras circunstancias adversas o nuestros propios errores es probable que nos hayamos sentidos aliviados en dar carpetazo al año finalizado.

El comienzo de un nuevo año siempre nos proporciona la oportunidad de reflexionar y volver a empezar con fuerzas renovadas. Por ello es que solemos utilizar el refrán que en nuestro idioma castellano dice “año nuevo, vida nueva”. Intentamos así dejar atrás una etapa para, al menos con buenos propósitos, encaminarnos hacia otra nueva y mejor. Tristemente, en muchas ocasiones, no somos capaces de mantener el compromiso que hemos adquirido con nosotros mismos y así, al comienzo del siguiente año, vuelven a aparecer iguales propósitos al del año anterior.

Quizás hemos de reconocer que la expresión “vida nueva” sea un poco excesiva para el caso que nos ocupa, pues finalmente la pretensión es aspirar a una vida que al menos sea algo más satisfactoria que la del año anterior. “Vida nueva” implicaría una reforma radical en nuestras vidas que raramente llega a producirse.

A pesar de ello ha habido millones de personas que a lo largo de estos últimos 2000 años han experimentado un cambio radical en sus vidas. Se trata de un cambio interior producido por Dios para llevarles a disfrutar de una vida plena. Jesucristo definió el propósito de su venida a la humanidad en este mismo sentido: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

Nuestras vidas están llenas de pequeños fracasos, de frustraciones por el querer y no poder e incluso de un sentimiento de vacío cuando alcanzamos el éxito. Invariablemente percibimos que algo no encaja.

El problema se encuentra en nuestro alejamiento de Dios y del propósito para el cual nos creó. Vivimos en función de nuestra propia escala de valores, según la cual nosotros figuramos en primer lugar, convirtiéndonos así en seres egoístas y avariciosos. Creemos que el poseer más nos hará más felices, cuando es justo lo contrario lo que nos proporciona felicidad, y avanzamos de este modo hacia nuestra autodestrucción personal y como sociedad.

Necesitamos un cambio radical, necesitamos volvernos a Dios para que nos dé una vida nueva libre de nuestro propio egoísmo, de todo aquello que la Biblia denomina como pecado. Aunque físicamente estamos vivos, espiritualmente estamos muertos a causa de nuestro pecado, entretanto no nos volvemos a Dios a través de Jesucristo. San Pablo escribiendo a los efesios describe el cambio producido en ellos del siguiente modo: “En otro tiempo vosotros estabais muertos en vuestras transgresiones y pecados, en los cuales andabais conforme a los poderes de este mundo. Os conducíais según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia. En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia habéis sido salvados! Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales, para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados mediante la fe; esto no procede de vosotros, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” (Efesios 2:1-9).

Año nuevo, ¿vida nueva? Por la fe en Cristo Jesús hoy puedes recibir una vida nueva. Es probable que tu lista de propósitos para el nuevo año sea amplia y buena, pero sin duda, no habrá mejor propósito para tu vida que el de reconciliarte con Dios.

Miguel Ángel Simarro Ruiz

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