Una de las cualidades del hombre es su capacidad de recordar, de no olvidar aquellas cosas que nos han sucedido en la vida, de traer al presente hechos que han acontecido en el pasado. Pero ¿es importante para el hombre guardar memoria? No solamente de lo que le ha acontecido a uno personalmente, sino de hechos del pasado que han vivido otros. ¿Son parte de nuestro pasado lo que le haya sucedido a otras personas? ¿Es posible que lo que le haya sucedido a otros, que incluso no conocemos, haya conformado cómo es nuestro presente, incluso lo que somos y creemos?

Cuando el pueblo de Israel sale de Egipto hacia la tierra prometida a Abraham, Dios les da los Diez mandamientos, más el resto de leyes tal como lo describe los libros de Éxodo y Levítico. Pero como el hombre es olvidadizo, y tiene la tendencia a olvidar y no recordar el pasado, Dios le indica a su pueblo Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; y antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos (Deuteronomio 4:9). Tienen que recordar todo lo que han vivido, todas aquellas leyes que Dios les ha dado, para ponerlas por obra todos los días; pero es más, no solamente tienen la responsabilidad de no olvidarla, sino de enseñarla a las siguientes generaciones.

Para Dios es muy importante que se recuerde, que nada de lo que ha comunicado al hombre quede en el olvido, que haya memoria de todo lo que ha dicho. Dios hablándole al pueblo de Israel de las bendiciones que habían recibido al entrar en la tierra prometida les exhorta: por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos.  Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes,  y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deuteronomio 11:18-20).

Por tanto, el mensaje de Dios, las buenas nuevas de salvación para los hombres, es algo que los hombres no deben olvidar. Pero tristemente, esto no se ha cumplido a lo largo de la historia. Examinando simplemente la historia de Israel, podemos ver cuántas veces habían olvidado su palabra, incluso habían perdido los libros en los que habían sido escritos. Podemos fijarnos en los tiempos en los que gobernó a Israel el rey Josías; este rey mandó arreglar las grietas del templo y, accidentalmente, encontraron los libros de la ley. La palabra de Dios había sido olvidada, no sabían nada de ella, no conocían el mensaje que Dios les había dejado a sus padres y que ellos deberían de haber transmitido (2ª Reyes 22). Esta experiencia nos demuestra que la humanidad, en ciertos momentos de su historia ha perdido la referencia de Dios, ha olvidado su mensaje.

Otras veces no ha sido olvidada, sino que deliberadamente la palabra ha sido ocultada, escondida a los hombres por unos cuantos y, aprovechando su desconocimiento, han dado un mensaje diferente al que Dios había dejado. No podemos dejar de olvidar que hace 500 años, un monje agustino llamado Martín Lutero, simplemente sacó a la luz aquel mensaje que se había ocultado. Sus 95 tesis clavadas en la puerta del palacio de Wittenberg, fueron el comienzo del reconocimiento de que la palabra de Dios había sido sustituida por palabra de hombres; y ante el desconocimiento de la palabra verdadera, la humanidad había estado en oscuridad, perdida, intentando llegar a Dios por otros caminos, que no eran los que Dios había indicado.

Ahora con esta efemérides, recordamos los hechos de Lutero, como de tantos otros, que dieron sus vidas para que hoy conozcamos el verdadero camino de salvación: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,  siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:23-24). También hace 100 años que la Iglesia Cristiana Evangélica de Valdepeñas fue fundada por unas personas que entendieron que el mensaje de Dios no había sido fielmente transmitido en España de generación a generación y que, al igual que había sucedido 500 años antes, el mensaje de Dios había sido tergiversado, llevando a las personas que lo seguían a la perdición.

Por tanto podemos ver que la historia se repite, periodos de oscuridad con periodos de luz, donde la palabra de Dios es ocultada para luego ser manifestada. Pero ¿sabéis? la palabra de Dios nunca va a desaparecer; el mensaje de salvación nunca podrá ser ocultado permanentemente, porque la palabra de Dios son palabras de Vida Eterna para el hombre, tal como manifestó el apóstol Pedro a Jesús (Juan 6:68). Pasen las circunstancias que pasen en este mundo, la palabra de Dios es inmutable a lo largo del tiempo. El mismo mensaje que Dios dio a su pueblo Israel, así como el Hijo de Dios, Jesús, es eterno, intemporal, traspasando los límites del tiempo y de las circunstancias. “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8).

Pedro Pablo Simarro Ruiz