Un diccionario define un proverbio, como: “Sentencia, refrán o frase que pertenece a la sabiduría popular y que contiene una enseñanza o un consejo”. Otro diccionario lo expresa como: Un dicho corto y memorable que expresa una verdad o una advertencia.

Cervantes en su libro Don Quijote de la Mancha utilizó innumerables proverbios, especialmente por boca de Sancho. “No hay refrán (proverbio) que no sea verdadero” decía Don Quijote a su escudero Sancho; y es que desde los principios de la lengua castellana, la sabiduría popular se ha manifestado con estas pequeñas joyas que llamamos refranes o proverbios.

En nuestros días, sobre todo las personas mayores, continuamos usando los proverbios porque en realidad aclaran conceptos, sin tener que utilizar muchas frases y palabras. Los proverbios han existido por millares de años. En los tiempos bíblicos de las Sagradas Escrituras se usan con bastante frecuencia. De hecho hay un libro llamado Proverbios, escrito por el sabio Salomón pero inspirado por el Espíritu Santo.

En el primer capítulo del mencionado libro de Proverbios, el autor claramente explica el motivo de los proverbios y dice: “Para entender sabiduría y doctrina, para conocer razones prudentes, para recibir el consejo de prudencia, justicia, juicio y equidad; para dar sagacidad a los simples, y a los jóvenes inteligencia y cordura” (Proverbios 1:2-4).

Teniendo en cuenta estas afirmaciones, me gustaría considerar el siguiente proverbio: “El alma del que trabaja, trabaja para sí, porque su boca le estimula” (Proverbios 16:26). Este texto sugiere Motivación.

¿Por qué trabajamos? ¿Por qué trabajan las personas? En una sociedad altamente desarrollada, quizás esto no sea una cuestión fácil de contestar, pero la razón básica fundamental para la mayoría, es que trabajamos para proveer para nosotros y nuestras familias. Lo que sugeriría, que aquellos que no trabajen no deberían de comer. El apóstol decía a los tesalonicenses “si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (2ª Tesalonicenses 3:10). En general la gente necesita trabajar para vivir, aunque esta verdad elemental, para los adinerados no tiene mucho sentido. Este proverbio nos lleva a lo básico. Comemos para vivir y tenemos que trabajar para comer. Ambas cosas son una necesidad y una obligación.

Satisfacción. A muchas personas cuando se les preguntan el por qué trabajan, piensan en términos de satisfacción. Dicen que tienen una inclinación, un apetito que les hace seguir ese camino, pero ese apetito no es el de un estómago vacío deseoso de comida. Es algo más importante que esto, que consideran ser igualmente apremiante. Trabajan por un estilo de vida mejor, o por alguna causa específica que creen que merece la pena sus esfuerzos. Es todo acerca de la motivación.

Hablamos sobre motivación en el trabajo, y es bueno que las personas deban de obtener satisfacción del trabajo que realicen. A pesar de todo, la mayoría de la gente no trabaja porque le guste el trabajo, sino por lo que el trabajo proporciona para ellos. “Todo el trabajo del hombre es para su boca, y con todo eso su deseo no se sacia”, nos dice el Predicador en Eclesiastés 6:7. La realidad es que comemos para satisfacer nuestro apetito, y trabajamos para satisfacer nuestras necesidades primarias. Pero en cualquier, caso la satisfacción es solo temporal.

Lasitud o Cansancio. Ahora consideremos este tema desde el lado opuesto. ¿Qué decimos de alguien sin este apetito? ¿Y qué de aquellos cuyas ambiciones de toda su vida nunca fueron cumplidas? Tuvieron la oportunidad de llevarlas a cabo, y quizás de una forma vaga querían cumplirlas; pero cuando llegó la hora de la verdad se complicaban las cosas y dejaron el trabajo para un tiempo más oportuno. Uno se pregunta, ¿cuántos innumerables proyectos respetables, que podían haber beneficiado a miles de personas, nunca se llevaron a cabo sencillamente por falta de motivación?

El apóstol Pablo en su carta a los Gálatas 6:7 también utiliza un proverbio y una advertencia: “Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”; que es lo mismo que expresa otro proverbio de Salomón: “El que sembrare iniquidad, iniquidad segará” (Proverbios 22:8).

Esto, si es cierto con las cosas materiales es mucho más importante con las espirituales, y la Palabra de Dios nos advierte de las consecuencias de ignorar la oferta de amor, paz y vida eterna que Él nos brinda por medio de su Hijo Jesucristo.

Es cierto que todos somos pecadores, porque como profetizó Isaías: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó en Él (en Jesucristo) el pecado de todos nosotros. Jesucristo no fue movido a entregar su vida porque hubiese algo en nosotros a nuestro favor, sino solamente por su propio, puro, infinito y soberano amor que lo llevó a ello. Y, “en esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envío a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (la Juan 4:10).

Los creyentes en Cristo, estamos absolutamente confiados de la realidad de las promesas del Señor Jesús y las de la Palabra de Dios, la Biblia. Jesús dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El mismo Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). En nuestras dudas, dificultades y problemas, vayamos a Jesús que nos sigue diciendo: “…Al que a mí viene no le echo fuera” “Porque he descendido del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”…”Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna” (Juan 6: 35, 37,40).

Marcos Román Chaparro

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