Vivimos tan aprisa, tan imbuidos en las rutinas diarias, o en nuestros momentos de ocio, que pocas veces nos sentamos a reflexionar sobre nuestra propia persona  y el desarrollo de nuestra vida. La sociedad nos presenta las suficientes alternativas como para mantenernos absolutamente ocupados, si nos dejamos llevar.

La alta tecnificación y desarrollo científico nos hacen sentir dueños de nuestros destinos. La raza humana, pensamos, con el paso del tiempo y la inversión del esfuerzo necesario, lo llegará a controlar  todo y no habrá obstáculo que la pueda frenar.

Sin dejar de reconocer la bondad de los avances en los modos de vida conseguidos en los últimos siglos, y especialmente en los últimos cien años, ¿podríamos decir que ha hecho de nosotros mejores personas? ¿Somos más honrados, honestos y dignos de confianza que los que nos precedieron varias generaciones atrás?

Sin duda uno de los temas que más preocupan a la sociedad española son los escándalos por los casos de corrupción de nuestra clase política. Nos sentimos profundamente indignados por los desmanes y el enriquecimiento ilícito de unos pocos a costa del sacrificio de muchos ciudadanos  que, a duras penas, consiguen llegar a fin de mes. Tomando como muestra este ejemplo, podríamos decir que la situación no ha cambiado mucho en relación a lo que sucedía  en tiempos pasados. Tenemos más controles y más leyes que debieran disuadir a los que pretenden aprovecharse de sus semejantes, pero tristemente observamos que las intenciones de nuestro corazón, en la actualidad, siguen siendo las mismas. La codicia, el desear lo que legítimamente no nos corresponde, sigue en nosotros como un deseo intacto.

Quizás pienses  que los que actúan de este modo son otros, aquellos que están en posiciones relevantes de poder, pero que tú, al fin y al cabo, eres una buena persona.  Efectivamente no te metes en líos, no te busca la Policía por haber cometido delitos, eres un ciudadano honrado que paga sus impuestos y cuida de su familia. Pero detente un momento, ¿de dónde vinieron esos políticos corruptos? Comenzaron siendo ciudadanos normales como tú o yo, ¿fue el poder el que les corrompió o siguieron un instinto innato que llevamos cada uno de nosotros? ¿Somos  realmente mejores que ellos? Ellos roban, ¿y nosotros? Fijémonos por ejemplo cómo desarrollamos nuestra actividad profesional,  ¿desarrollamos  nuestro trabajo honestamente siempre?, ¿cumplimos fielmente con el horario establecido por nuestra empresa? Seguramente tendremos que reconocer que a veces nos “perdemos”  cuando nuestro jefe no nos controla, o que nos aprovechamos de algún recurso de nuestra empresa.  Es cierto que estas “pequeñas” cosas no son tal vez comparables con las que hacen aquellos otros, pero ponen de manifiesto un mismo principio torcido en nosotros que nos lleva a no hacer lo que nos corresponde. Es más que probable que acabáramos haciendo lo mismo si nos encontrásemos en un mayor nivel de responsabilidad y de gestión.

A estas “pequeñas” cosas Dios las llama pecado. El apóstol Pablo en su epístola a los Romanos escribe  que “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). En mayor o menor medida todos nos hemos desviado de la perfección moral que Dios exige de nosotros, lo que nos excluye de poder estar con Él, ahora y por siempre. Irreflexivamente pasamos nuestra vida sin pensar en esto y caminamos hacia un destino eterno fatal.

Así las cosas parecería que no hay solución. Pero bendito sea Dios, que no nos deja en esta situación, ya que todos aquellos que reconociendo su pecado  se vuelven con arrepentimiento a Dios, pueden obtener salvación por medio de Cristo, “Porque el salario del pecado es la muerte, mientras que el don que Dios nos hace es la vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:23).  Aprovechemos la oportunidad que Dios nos brinda, paremos por un momento y reflexionemos, ¿qué vamos a hacer con el don que Dios nos ofrece?

Miguel Ángel Simarro Ruiz

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