Navidad: El cumplimiento de la promesa

No hay duda de que estamos en las fechas del año que más nos ilusionan, que más alegría despiertan en la gente y que muchos anhelan con emoción. De forma general, a una gran parte del mundo le gusta la navidad. Las calles, los pueblos, las ciudades, se decoran e iluminan con luces preciosas y la gente se vuelve más bondadosa; parece que los rencores y los enfados del año desaparecen o se dejan a un lado durante esos días. La familia se reencuentra después de un tiempo separados, nuestro “paladar” también se deleita, e incluso, aunque estemos pasando por tiempos de dificultad, parece que la navidad hace que nuestro dolor sea más llevadero. La navidad siempre es bienvenida. La esperamos con gran ilusión.

Cuando Jesús nació en Belén Israel llevaba muchos años en una condición lamentable debido a su desobediencia. Durante los últimos 400 años en Israel no se había escuchado una palabra de parte de Dios. A nivel político, social y espiritual, Israel se encontraba en una situación de desesperación y oscuridad total, gobernados por un rey cruel llamado Herodes. Sin embargo, en medio de este desolador panorama, en Israel había hombres y mujeres que esperaban el cumplimiento de la promesa de redención hecha por Dios en el pasado: la llegada del Mesías, es decir, Cristo Jesús, el salvador del mundo.

Una de esas personas que durante mucho tiempo había estado esperando la primera navidad era un hombre llamado Simeón (Lucas 2:25-38). Él había recibido la promesa de parte de Dios de que no moriría sin antes haber visto con sus ojos la primera navidad. Un día cuando visitaba el Templo, el tiempo de espera llegó a su fin al encontrar allí al niño Jesús que había sido llevado por sus padres. Simeón tomó al bebé en sus brazos y bendijo a Dios por lo que este pequeño significaba tanto para él como para el resto de la humanidad (Lucas 2:28-32).

Simeón estaba viendo con sus propios ojos la promesa cumplida, y aunque él solo podía contemplar en sus brazos a un indefenso bebé, reconoció en el niño Jesús la salvación de Dios (Lucas 2:30). Aquel bebé había nacido para ser “luz que ilumina a las naciones” (Lucas 2:32). La luz es un tema muy común en toda la Biblia. En el pensamiento y lenguaje judío, la luz estaba especialmente asociada con Dios (Salmo 27:1; Isaías 60:19). Simeón alabó al niño por venir a ser la luz del mundo. Este niño, cuando se convirtió en adulto, dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

En estos días navideños son muchas las ciudades que compiten por tener las luces más bonitas, luces que sólo nos iluminan durante unos pocos días. Simeón reconoció que aquel niño que nació en Belén había venido para ser la luz del mundo eternamente. Pero la triste realidad es que, tanto en aquel tiempo como en el actual, no todos aceptan que Jesús sea la luz. Son muchos los que le rechazan y que “aman más las tinieblas que la luz” (Juan 3:16-21). Simeón también dijo que aquel niño había venido para ser “caída y levantamiento de muchos” (Lucas 2:34). Es decir, dependiendo de la decisión que uno tome en cuanto a Jesús así sera su destino eterno. Si una persona rechaza a Cristo caerá, quedará excluido del reino de Dios; pero quienes le acepten como el Señor y Salvador de su vida, serán levantados, recibidos en el reino de Dios.

Cada persona dispone de un tiempo limitado. No debemos dejar las cosas para otro día, porque puede que ese día nunca llegue. Tiene que ser algo doloroso descubrir que ya es demasiado tarde para hacer lo que teníamos que hacer. Pero aún hay una oportunidad que no podemos desaprovechar: Jesús dijo: “Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo” (Juan 9:1-5). Jesús no estaba diciendo que su vida y obra eran limitadas, sino que lo que sí es limitado es nuestra oportunidad de recibirle. A cada uno le llega la oportunidad de aceptar a Cristo, y si no la aprovecha, puede que ya no vuelva a tener otra ocasión.

En las palabras que Simeón dirigió a María, la madre de Jesús, no sólo encontramos el gozo por el nacimiento del niño, sino que al mismo tiempo es descrita la angustia que vendría sobre ella por el fin que le esperaba a su hijo. “Y una espada traspasará tu misma alma” (v.35). Un día ella tendría que sufrir dolorosamente por la muerte de su hijo, aunque también descubriría que dicha muerte no sería un desafortunado accidente, sino que era algo que estaba dentro de los propósitos eternos de Dios (Juan 19:25-27).

Querido amigo, Cristo vino a este mundo y nació en un pesebre para morir en una cruz y de esa manera entregar su vida para rescatarnos de nuestros pecados (Mateo 20:28). Por medio de su muerte, el puede dar vida eterna a todos aquellos que respondan en obediencia a su llamado al arrepentimiento. Un año más, una navidad más, el niño que nació en Belén nos invita a que dejemos de vivir en las tinieblas para vivir en su luz. Jesucristo sigue diciendo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Recuerda, Dios siempre cumple sus promesas.

Benjamín Santana

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