“Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente.  Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.

 Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.

Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2ª Pedro 1:12-21)

Cuando el apóstol Pedro escribió este pasaje, sabía que pronto moriría, pero estaba impartiendo una verdad a sus lectores, que permanecería para siempre. Su objeto era hacer hincapié sobre la duradera verdad de la Palabra de Dios.

Lo que Pedro les dijo sobre el Evangelio merece la pena ser repetido. Se nos recuerda la confianza que deberíamos tener en el evangelio de Jesucristo y nuestro interés e inquietud por su proclamación, porque es fundamental para los cimientos de la vida del creyente en Cristo.

Pedro utiliza la transfiguración del Señor (vers. 16-18) como la infalible evidencia de la gloria de la persona de Jesús como “el Hijo de Dios” y el hecho esencial de sus sufrimientos. También confirma la confesión del propio Pedro, de que Jesús era el Hijo de Dios. Desde el momento que Jesús comenzó a enseñar a los discípulos acerca de sus sufrimientos y su muerte, siempre añadía que se levantaría de los muertos. Y en esto está la esencia del Evangelio.

Incluso más importante que la experiencia apostólica es “la palabra profética más segura”. Comentadores han diferido acerca de cómo interpretar “la palabra profética más segura”. ¿Significa que la experiencia  apostólica            confirma   la   profecía o significa que la palabra profética es incluso de más confianza que cualquier experiencia apostólica? Ambas anuncian y predican el mismo Evangelio, pero la Palabra de Dios es fundacional. Los subsiguientes versículos indican que el principal énfasis está en la Palabra en lugar de su experiencia.

… La palabra profética más segura… como una antorcha que alumbra en lugar oscuro…” (ver.19) hace eco al pensamiento del Salmo 119:105 que dice “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Esto revela la oscuridad moral del mundo en el cual vivimos, y el guía seguro que es la revelación de Dios. Cuando leemos deberíamos orar para que la Palabra de Dios obre en nosotros. Refiriéndose al nacimiento del Mesías, en Isaías 9:2 dice: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos”. La Palabra de Dios es la luz que nos guía a Aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

Pedro resalta la esencial naturaleza bíblica de la profecía como la Palabra de Dios. No hay profecía de las Sagradas Escrituras originada en las propias mentes de los profetas, sino que hablaron inspirados por el Espíritu Santo.

Hay tres cosas importantes para considerar en este pasaje:

El testimonio apostólico estaba basado en hechos: El Evangelio trata de los hechos de la Venida del Hijo de Dios en carne humana, su muerte en la cruz del Calvario para redención de los pecadores, y su triunfal resurrección física sobre la muerte.

La autoridad elemental de la iglesia primitiva era la palabra profética del Antiguo Testamento, y su esperanza segura era el retorno en gloria del Señor.

Si verdaderamente la Palabra de Dios es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino, esto nos conducirá a la Persona de nuestro Señor Jesucristo y la esperanza gloriosa de su retorno en triunfo. Por lo tanto sigamos y obedezcamos su afirmación en Juan 5:39 “Escudriñar las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” .

Marcos Román

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