Muchos son los jóvenes que se enfrentan día a día al reto de la superación en las aulas: los exámenes. Esos papeles desprovistos de toda misericordia, fríos como el hielo, que llegan volando del más allá y se posan enfrente de nuestra desconfianza terrenal más absoluta. Algunas veces, esos papeles muestran la cara más amable de la vida, pero otras, nos acercan al abismo de nuestra dignidad como personas.

Quizás parezca que esté exagerando, pero la verdad es que este es uno de los muchos ejemplos en que la vida nos reta a competir entre nuestra autoestima y el fracaso más absoluto. A las personas no nos gusta perder y perder significa poner en evidencia nuestro potencial ante las circunstancias. Cierto es que no queremos mostrar nuestras debilidades ante los demás, pero tampoco queremos que esas debilidades nos amarguen el día recordando lo imperfectos que somos.

Sería un buen ejercicio pararnos a pensar en este tema, porque la mayoría de las personas creen que la vida consiste en triunfar a costa de tapar los fracasos. El miedo a perder o el miedo a fracasar como esposo, como padre, como empresario, como estudiante… trastorna nuestro interior y va dejando una mella en nuestra confianza que paraliza los mecanismos de nuestro desarrollo.

En este sentido, hay un factor muy importante a tener en cuenta y es que no queremos reconocer que somos imperfectos. El hecho de nuestra finitud está claro, sin embargo, no estamos dispuestos a aceptar este hecho junto a nuestra posición como criaturas que dependen exclusivamente de Dios. Reconocer que Dios es Dios (Salmo 100: 3), implica someterse a la infinitud del Creador como un ser eternamente perfecto e inmensamente superior a cualquiera de nosotros.

El miedo al fracaso es un problema espiritual en tanto que nos hemos creído dueños absolutos de la verdad. Creernos que siempre tenemos la razón significa poner un listón demasiado alto que nunca alcanzaremos, de manera que, solo pensar que no vamos a llegar a ese canon, nuestra vida se llena de miedos y temores. No aceptar nuestra finitud a veces nos conduce a tener sentimientos de inseguridad que intentamos superar por nuestras fuerzas.

El evangelio de Mateo nos muestra unas palabras de Jesús respecto a este tema, en el capítulo 6: 25-34. El afán por las cosas básicas para vivir se ha convertido en el estandarte de nuestros esfuerzos y miedos a no fracasar como seres humanos. Pero Jesús dejó claro que, intentar sentirnos seguros por medio de nuestros esfuerzos conduce a incrementar la ansiedad y por consiguiente a sentir miedo frente al fracaso. Como diría el gran teólogo Millard Erickson: No tenemos que ser Dios porque hay un Dios.  Fracasar en nuestra vida implica la imperfección, por tanto, el miedo al fracaso está injustificado en la medida que no aceptamos el hecho de que solo Dios es perfecto en todos sus caminos. Dios no espera que seas Dios sino que busques su reino y su justicia, y todas las cosas para poder vivir serán proporcionadas según su soberana voluntad.

Por supuesto que no podemos escudarnos en el hecho de que somos imperfectos para fracasar, pero tener fallos y errores entra dentro del aprendizaje de nuestras vidas. A veces, Dios utiliza nuestras imperfecciones para aleccionarnos y demostrarnos que dependemos exclusivamente de él. Solo llevando nuestros miedos a Dios podremos aprender de nuestros fracasos y podremos saborear las mieles de su perfección.

José Valero Donado