¿Alguna vez has tenido un dolor tan grande que prefieres morir que seguir aguantando un segundo más? La verdad es que las personas huimos del dolor, porque no nos agrada el sufrimiento lo más mínimo. A nadie le gusta pasarlo mal y menos si tienes alguna alternativa a mano para mitigar lo que te pasa.

Salvando las distancias, el dolor físico no es nada comparable al dolor emocional. La pérdida de un ser querido o el rechazo de un amor no correspondido sobrepasa a veces los límites de aguante que las personas tenemos. Muchos son los casos que terminan en tragedias, intentando terminar con la muerte lo que no han podido resolver en la vida.

En mi adolescencia tuve un dolor todavía más grave, fue un dolor espiritual que casi me llevó a la locura. Mi familia era cristiana y me crie en un ambiente donde la vida giraba en torno a los principios bíblicos. Los años pasaban y cada vez era más consciente de mi maldad interna. No había nada en el mundo capaz de aliviar mi malestar espiritual y empecé a preocuparme cada vez más. En la iglesia escuchaba mensajes que hablaban acerca de la salvación y me encontré con muchas dudas al respecto. ¿Podría un Dios tan grande escuchar a un ser tan pequeño? ¿Podría Dios mitigar este malestar espiritual? ¿Sería cierto que Dios me amaba?

Durante años navegué en medio de una incertidumbre que me llevó a la confusión más absoluta. El problema era que intentaba agradar a Dios, pero a la vez me sentía cada vez más culpable porque pecaba constantemente y eso me provocaba impotencia y vergüenza de haber fracasado ante él.

Un día, siendo ya adolescente, después de una reunión de oración, recuerdo entrar en mi habitación y tumbarme en la cama para dormir. Un dolor punzante me sobrevino al interior de mi corazón, no pudiendo conciliar el sueño. Las palabras que había escuchado de la Biblia durante toda mi vida empezaron a invadir mi mente, y mi corazón empezó a sentir un profundo pálpito de tristeza. Mis ojos empezaron a arrojar lágrimas sin control y mis pecados contra Dios llegaron a invadir mi conciencia, de tal manera, que empecé a comprender la clase de monstruo que había sido hasta ahora. Quién me podía querer así -gritaba sin descanso-. En ese momento era el ser más despreciable del universo y mi desconsuelo era el resultado de una vida apartada de Dios y de su amor. ¿Por qué me sentía así? ¿Si Dios me amaba como tantas veces había oído decir, porqué me estaba castigando de esta manera? ¿Cuál era el propósito de tanto dolor?

No sé cómo, ni porqué, pero lo que sé es que el dolor desapareció de mi corazón cuando salieron palabras de mi boca, hasta ahora nunca dichas. -Señor, perdona mi vida de pecado, no quiero seguir así, quita el dolor de mi corazón y dame tu alegría para vivir-.  Fueron palabras simples, pero salieron desde lo más profundo de mi ser. No recuerdo nada más, solo que mis ojos  lloraron hasta el amanecer, pero ahora de alegría al verme liberado de una carga tan grande que, de haber sido un pájaro habría volado hasta la Luna sin parar.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” Romanos 5: 8.   Después de un tiempo, me di cuenta que Dios deja que nos veamos por dentro para que comprobemos cuán lejos estamos de su santidad. Dios nos amaba aun cuando éramos pecadores. En mi dolor y confusión espiritual Dios estaba mirándome con ojos de compasión y un día me mostró su amor y me perdonó. Y cuando echo la vista atrás, le doy gracias a Dios por darme este dolor que, sin duda, me llevó a los pies de Cristo.

Pablo escribiendo a la iglesia de Corinto, dijo: “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación…” 1ª Corintios 7: 10. Esa tristeza nos lleva a Dios, ese dolor nos conduce a Cristo, el autor de nuestra salvación.

José Valero Donado

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