Cuando una persona ha sufrido un grave accidente y ha salido ileso sin sufrir prácticamente un rasguño, se  suele decir de él que ha vuelto a nacer. Por supuesto, con esto no queremos decir que la persona haya nacido de nuevo en el sentido literal, sino que se le ha dado una nueva oportunidad de seguir en esta vida.

En el capítulo 3 del Evangelio de Juan, tenemos el relato del encuentro de Nicodemo con el Señor Jesús. Nicodemo era un hombre muy religioso que pertenecía un grupo de devotos judíos llamados fariseos. Estos guardaban cuidadosamente la ley y la tradición, ya que creían que este era el único camino para alcanzar la salvación. Sin embargo, a pesar de su religiosidad, Nicodemo sentía un profundo vacío en su vida. Él no tenía la seguridad de ser un hijo de Dios ni conocía la paz verdadera de haber sido perdonado. ¿Por qué? Porque la mera religión no sirve para alcanzar la salvación. Lo único que sirve es el nuevo nacimiento. Esto es lo que Jesús le dice a Nicodemo en tres ocasiones (Juan 3:3,5,7). Dicho de otra manera: para que alguien sea salvo no necesita guardar la ley sino que necesita ser regenerado, es decir, recibir una nueva vida. “Nicodemo, tienes que nacer de nuevo”. Es esto lo que le estaba diciendo Jesús.

Nicodemo fue aquella noche a hablar con Jesús porque quería saber cómo se podía conseguir la vida eterna. Jesús le dijo que para ver y entrar en el reino de Dios había que nacer de nuevo. Sin la regeneración no se puede pertenecer al reino de Dios. Estas solemnes palabras eliminan para siempre la salvación por méritos humanos. Existen dos maneras de nacer. Todos hemos venido a este mundo de la misma manera, naciendo de nuestra madre. Podríamos llamar a esto un nacimiento natural. Pero en nuestro texto bíblico, el Señor Jesús habla de un “nuevo nacimiento”, es decir, el nacimiento espiritual. “El que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Cuando la Biblia habla de nacer de nuevo, está hablando de experimentar un cambio tan radical en nuestra vida que sólo se puede describir como nacer totalmente de nuevo otra vez; y ese proceso no es el resultado del esfuerzo de la persona, sino de la gracia y el poder de Dios, un nacimiento que viene del Cielo.

Nicodemo había escuchado desde su más tierna infancia que la salvación se ganaba por obras. Él pensaba que su religión le protegía y le aseguraba su futuro eterno. Pero Jesús le hizo ver que eso no era así. Hoy también, muchos piensan que ser una persona religiosa es suficiente para obtener la salvación. Es probable que hoy en día muchas iglesias estén llenas de personas que piensen así. Personas que tienen que ser confrontadas como hizo Jesús con Nicodemo. ¿Sabéis? Nicodemo no era salvo. Él creía en Dios y también en Jesús, pero no era salvo. No tenía asegurada la vida eterna con Dios en el Cielo porque no había sido regenerado, es decir, no había nacido de nuevo. Una de las cosas que más me fascinan acerca de la persona de Jesús y que encontramos en este pasaje es que él nunca dio falsas esperanzas a nadie. Las palabras de Jesús nunca dejaron de advertir contra la fe falsa y el compromiso superficial. Él siempre fue claro a la hora de hablar.

Es posible que Nicodemo haya entendido lo que Jesús quiso comunicarle cuando le dijo: “Es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7). Nicodemo sabía que nacer de nuevo implicaba ese cambio radical y fundamental que todos necesitamos. El problema de Nicodemo, como también ocurre con nosotros, no es que no entendamos lo que Dios nos está demandando. Sabemos lo que Dios desea de nosotros, pero no queremos cambiar. Estamos bien como estamos. Nicodemo probablemente sabía que Jesús le estaba pidiendo que empezara una nueva vida, y al parecer él, en un principio, no estaba dispuesto a obedecer. Sin embargo, si queremos recibir la vida eterna, hemos de saber que la regeneración, es decir, el nuevo nacimiento no es una opción, sino una necesidad absoluta.

Jesús le explicó a Nicodemo que Dios concede el nuevo nacimiento a los hombres sobre la base del plan de redención diseñado desde la antigüedad. Y esto lo hace a través de la ilustración de la serpiente de bronce en el desierto (Juan 3:14). La ilustración representaba la muerte de Cristo en la cruz como sustituto de los pecadores. Alguien debía morir para pagar el precio del pecado: “Sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Hebreos 9:22). Sobre este fundamento Dios concede a los seres humanos la regeneración.

Ahora bien, si la muerte de Cristo en la cruz es la base para recibir una nueva vida, esta nueva vida está condicionada a que el hombre deposite su fe en el Señor: “Para que todo aquel que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:15). Es evidente que no se trata de un creer momentáneo, sino de la decisión irrevocable de depender sólo y para siempre de Jesús el Salvador. Todas las personas que han nacido de nuevo, y que por tanto han creído en Cristo, tienen vida eterna. La vida eterna es una que no tiene final, imperecedera, infinita, que nunca se acaba.

Querido amig@, tú no has escogido nacer en este mundo. Eso no dependía de ti. En cambio, tu nacimiento en el Reino de Dios si depende de ti. Tú puedes recibir la vida eterna si decides aceptar y creer sólo y para siempre en Jesús como tu Señor y Salvador, y para eso te “es necesario nacer de nuevo”, es decir, tienes que experimentar un cambio tan radical en tu vida que solo podría ser descrito como volver a nacer de nuevo. Y esto sólo puede ocurrir si le permites a Jesús que él entre en tu vida y la transforme. La vida en este mundo es muy breve. La muerte física es segura. Jesús enseña que Dios desea dar a todos la vida eterna. Una vida que la muerte física no puede destruir. Es precisamente de esto de lo que Jesús le estaba hablando a Nicodemo. ¿Quieres tú aceptar esta vida eterna?

Benjamín Santana Hernández

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