Sabed que Él, el Señor, es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos …” (Salmos 100:3)

Cuando los miembros del Segundo Congreso Continental de los Estados Unidos aprobaron el 4 de julio de 1776 el extraordinario documento conocido como la Declaración de la Independencia, claramente declararon su fe en Dios. Los redactores del borrador de esta noble proclamación sabían que las libertades radicales que estaban proponiendo sólo podrían funcionar bien en una sociedad donde se reconoce al Creador. Declararon que Dios ha “dotado” a todas las personas con el derecho a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” porque Él nos valora a cada uno de nosotros.

Thomas Jefferson, quien llegaría a ser el tercer presidente de la nueva nación (1801-1809) y que fue el principal autor de la Declaración de Independencia, quedó consternado por el pecado que vio. Él escribió: “Tiemblo por mi país cuando reflexiono en que Dios es justo”. Si entonces temblaba, probablemente ahora tendría un ataque al corazón.

Los padres fundadores de los Estados Unidos amaban el concepto de la libertad individual, pero no tuvieron en la mente el estilo de vida permisivo que nos permite hacer lo que nos plazca. Las personas que se niegan a temer a Dios jamás pueden disfrutar de la verdadera libertad.

En un libro para niños titulado El mundo por carambola, el autor describe un planeta imaginario en donde todo sucede de manera impredecible. Por ejemplo, el sol podría salir un día, o podría no salir, o podría aparecer a cualquier hora. Algunos días la luna podría aparecer en su lugar y otros días no estar allí. Un conocido biólogo comentaba que en un lugar como este, en donde la ley natural no existe, “la razón sería imposible. Sería un mundo lunático con una población de lunáticos”.

Debemos dar gracias porque podemos confiar en las leyes naturales que el Creador, Dios, ha puesto en movimiento. Son para nosotros un gran beneficio si las reconocemos y las respetamos. Sin embargo, si violamos esas leyes sufriremos las consecuencias.

Eso también sucede con las leyes espirituales de Dios. La Biblia dice: “todo lo que el hombre siembre, eso también segará” (Gálatas 6:7). La persona que ignora las normas de Dios argumentando que es libre para hacer lo que quiera y alimenta sus apetitos pecaminosos, solo puede esperar destrucción. Pero la persona que escucha y obedece lo que enseña la Biblia, la Palabra de Dios, experimenta las bendiciones de la vida eterna. Las leyes de Dios nunca fallan. Para bien o para mal, vas a cosechar lo que siembres. CUANDO SEMBRAMOS SEMILLAS DE PECADO PODEMOS CONTAR CON UNA COSECHA DE JUICIO.

HVL

Adaptación

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