Cada día son más las personas que se declaran agnósticas o ateas, frente a aquellas que viven bajo alguna convicción religiosa.  A pesar de ello,  esta situación no es  mejor que otras que han prevalecido en el pasado, donde muchos confesaban sus sentimientos religiosos para seguir la corriente  de su tiempo, pero vivían completamente indiferentes a Dios. Hoy, liberada la sociedad del agobio religioso de la religión dominante, muchos se declaran abiertamente contrarios a toda idea acerca de Dios.

La cuestión

La cuestión fundamental, sin embargo, no está tanto en lo que podamos  llegar a creer como cierto, influenciados por el también pensamiento dominante de nuestro tiempo, como en el  indagar y buscar la verdad.

¿Existen evidencias suficientes para creer en la existencia de Dios? Para los autores de la Biblia no cabía la menor duda, como tampoco tendría que tener lugar para  nosotros. El rey David escribe algo verdaderamente obvio para cualquier observador riguroso: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día cuenta al otro la noticia, una noche a la otra se la hace saber. Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible, por toda la tierra resuena su eco, ¡sus palabras llegan hasta los confines del mundo!” (Salmos 19:1-4). El apóstol San Pablo muchos siglos después declara que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 8:20). Basta ciertamente contemplar la belleza de un amanecer, o el cielo estrellado una noche de verano en un lugar apartado, para entender que no podemos ser el fruto de la casualidad.

El Porqué

¿Por qué entonces tanta obstinación en desechar la idea de Dios? La respuesta es simple. El ser humano siempre ha deseado vivir de manera independiente a su creador. No le interesa, ni tiene la menor voluntad de saber si existe un ser superior, porque no quiere someterse a él. Es el mismo deseo que movió a nuestros primeros padres a desobedecer en el jardín del Edén comiendo del fruto prohibido bajo el engaño de la serpiente: “Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios” (Génesis 3:5). Es una cuestión de pura rebeldía y soberbia.

Llegados a este punto haríamos bien en considerar dónde nos encontramos, porque si nos aferramos en seguir rechazando a Dios, nos comportamos estúpidamente, pues “dice el necio en su corazón: No hay Dios“ (Salmos 14:1). Si Dios verdaderamente existe, tendremos que rendirle cuentas, y quedaremos sin excusas en cuanto a las decisiones tomadas y a lo que quisimos creer respecto a Él.

¿Que harás tu?

Hoy es tiempo de ponernos a pensar por nosotros mismos, de indagar y buscar la verdad acerca de Dios, de nuestra existencia y de nuestro propósito en la tierra. Todo aquel que sinceramente quiera buscarla, la hallará: “Buscad al Señor mientras se deje encontrar, llamadlo mientras esté cercano. Que abandone el malvado su camino, y el perverso sus pensamientos. Que se vuelva al Señor, a nuestro Dios, que es generoso para perdonar, y de él recibirá misericordia.“ (Isaías 55:6-7).

Miguel Ángel Simarro