Una de las frases que más se repiten en nuestras conversaciones es ‘lo rápido que pasa el tiempo’. Comienza un nuevo año y enseguida ya nos vemos celebrando la navidad. Acaba un curso escolar, con su enorme esfuerzo, y rápidamente ya se están haciendo los preparativos para ‘la vuelta al cole’, o a la universidad, o al trabajo… Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que todos somos conscientes de que los años, los meses, las semanas, los días, más que correr, vuelan.

En la Biblia Dios nos habla repetidas veces sobre la fugacidad de la vida del ser humano. En uno de los Salmos se nos dice que nuestra vida es semejante a la ‘hierba que brota por la mañana: por la mañana brota y florece, por la tarde se agosta y se seca’ (Salmo 90:5b, 6); ‘como un suspiro pasan nuestros años’ (Salmo 90:9b). La Organización Mundial de la Salud  publicó en el año 2015 que la esperanza de vida de un español es de 83 años. El salmista dice: ‘Setenta años dura nuestra vida, durará ochenta si se es fuerte; pero es su brío tarea inútil, pues pronto pasa y desaparecemos’ (Salmo 90:10). Y tan cierto como esto es la verdad de que no hay edad para morir. Niños, jóvenes, adultos y ancianos, todos estamos abocados al mismo destino.

¿Qué podemos hacer ante tal situación? ¿Cuál sería la mejor forma de afrontar esta realidad? ¿Quizá vivir desesperados porque nada podemos hacer para evitarlo, o quizá no pensar en ello y vivir de forma irreflexiva? ¿Existirá un modo por medio del cual podamos ser plenamente conscientes de lo rápido que pasa nuestra vida y a la vez encararlo con paz y seguridad?

El mismo salmista expresa estas solemnes palabras: ‘Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría’ (Salmo 90:12). Se enlaza el desarrollo de la sabiduría personal con el hecho de discernir acerca de la transitoriedad de la vida. Porque si bien es importante todo lo que vivimos en esta tierra, su valor se reduce a cero si no tenemos presente la existencia después de la muerte. Es verdad que pensar en lo que ocurrirá más allá de la muerte puede provocar al menos dos reacciones: terror o indiferencia, dependiendo de cuáles sean las convicciones religiosas o filosóficas de cada uno o la ausencia de ellas. Pero también puede haber otra respuesta muy diferente ante la tragedia del fin de la vida, que es a la que aludíamos más arriba: paz y seguridad, serenidad y confianza.

Esta abismal diferencia la marca un trascendental hecho: nuestra relación con Dios. Él es eterno y santo. Nosotros, todo lo opuesto: efímeros y pecadores. ‘Tú conoces nuestros pecados, aun los más secretos’ (Salmo 90:8). Es nuestro pecado el obstáculo para que podamos tener una correcta relación con Dios. Ese pecado y su consecuencia, la separación de Dios, quien es la fuente de vida y de toda bendición, hacen que el ser humano viva aterrado ante la idea de la muerte o, si por el contrario profesa no tener ningún tipo de fe, viva totalmente despreocupado, sin percatarse, o no queriendo hacerlo, de que ‘está establecido que todos los seres humanos deben pasar por la muerte una sola vez para ser a continuación juzgados’ (Hebreos 9:27).

Pero hay buenas noticias; de hecho esta es la mejor noticia que nadie nunca jamás pueda recibir, pues nada tiene mayor trancendencia que nuestro futuro después de esta breve vida. El futuro no tendrá fin, y ese futuro lo decidimos en esta tierra. Seremos sabios si prestamos suma atención a ello y le damos máxima prioridad para preparamos correctamente, no solo por la brevedad de la vida, sino porque nadie sabe si su vida va a ser mucho más que breve.

Tanto el temor como la indiferencia producen esclavitud. Esclavitud del alma y del cuerpo. Esclavitud que puede ser totalmente manifiesta e incluso totalmente rechazada por la sociedad, como esclavitud sutil, y por ello, quizá tolerada y hasta justificada. Pero esclavitud a fin de cuentas, de muchos colores, formas y matices. Sin embargo, y aquí viene la buena noticia, Dios mismo se hizo hombre, Jesús, compartiendo con nosotros ‘una misma carne y sangre, …, para poder así, con su muerte, reducir a la impotencia al que tiene poder para matar, es decir, al diablo, y liberar a quienes por el miedo a la muerte ha mantenido de por vida bajo el yugo de la esclavitud’ (Hebreos 2: 14, 15).

Jesús es el Salvador y el Libertador. El desea dar vida y libertad a cada ser humano; para eso vino a este mundo. ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre si no es por mí’ dijo Jesús, (Juan 14:6). Él vino para establecer una correcta relación entre Dios y el ser humano. ‘Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’ (Juan 8:32). Solo es necesario reconocer la realidad de que somos pecadores y limitados delante de un Dios santo y eterno, y creer que Jesucristo es el único que puede salvarnos al haber tomado todos nuestros pecados cuando murió en la cruz. Dios perdona a todos los que a Él acuden confiados. De este modo Dios dará pleno sentido a esta breve vida y recibirá a su término a todos aquellos que hayan creído en Él.

Elisabeth Ramos

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