El árbol que está en el centro (2ª parte)

Siempre que alguien ocupa un lugar que no le corresponde aparecen los problemas. Esto es lo que ocurrió en el comienzo de la historia de la humanidad. Dios había colocado al primer hombre y a la primera mujer, Adán y Eva, en el huerto de Edén. Les había concedido la libertad de disfrutar de cada rincón de aquel bello paraje, así como de alimentarse del fruto de todos sus árboles, de todos menos de uno: el que estaba en el centro del huerto, el árbol del conocimiento del bien y del mal.

“Seréis como Dios”, como dioses, fue la tentadora propuesta que Satanás les formuló, animándoles así a desobedecer a Dios. Adán y Eva vivían en total estado de inocencia y en perfecta comunión y relación con su Creador, el Dios de los cielos y de la tierra. No necesitaban nada pues lo tenían todo. Sin embargo no eran ellos los que se sentaban en el trono, pues eran criaturas. Ese único lugar de honor supremo le correspondía al que no tiene ni principio ni fin, al Eterno, a Dios. Mas ellos, a pesar de las abundantes muestras de amor de parte de su Creador, comenzaron a desconfiar de su Palabra, creyendo más la palabra de Satanás que la de Dios mismo. Así fue que, con la ambición de ser como Dios, o ser dioses, desobedecieron y comieron del fruto prohibido.

A partir de ese mismo instante se produjo una ruptura entre el Creador y su criatura, ruptura a la que la Biblia llama muerte, separación. Y todo ser humano y el mismo planeta Tierra han sido afectados por ella. La Palabra de Dios lo deja bien claro: “Fue el ser humano el que introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte. Y como todos pecaron, de todos se adueñó la muerte”, Romanos 5:12. El hombre dejó de confiar en Dios y quiso ser un dios. Desde entonces el hombre y la mujer han ocupado el centro de su propia vida haciendo que todo gire a su alrededor. Y es así cuando aparecen el orgullo, el egoísmo, la envidia, la codicia, la mentira, el odio, el asesinato y un sinfín de nefastas consecuencias producto del hecho de querer ser dioses, apropiándose de la gloria que solo le pertenece a Dios.

Adán y Eva, la primera pareja; los primeros humanos que tuvieron relación personal y perfecta con su Creador, por algún tiempo; los primeros, tristemente, en pecar; fueron también los primeros en escuchar palabras de esperanza de parte del Dios cuya confianza habían traicionado. El Dios ofendido estaba dispuesto a luchar por aquella creación hecha a su imagen y semejanza, el hombre, la mujer. Cuando Dios maldice a la serpiente por haber engañado a Eva, le dice que algún día vendrá un descendiente nacido de mujer que aplastaría definitivamente su cabeza, que acabaría para siempre con su maligno y engañador poder, Génesis 3:15.

“…cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer…”, Gálatas 4:4. El hombre había querido ser como Dios, y ello había provocado su perdición. Jesucristo, en cambio, sin tener ninguna obligación, tan solo la que emana de un corazón amante hacia su criatura, “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;” Filipenses 2:6, 7. El hombre, un ser creado, que depende única y exclusivamente de la vida que su Creador le da, quiere ser como Dios y sentarse en su trono: se endiosa. Dios, el Creador de todo el universo, por cuya palabra es todo lo que existe, el dueño absoluto de todo, quiere rescatar a su criatura: desciende de su trono y se hace hombre. Pero aún hay más: “…estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”, Filipenses 2: 8. Jesucristo no solo se hace hombre, sino que toma el pecado de cada persona y lo hace suyo, para que la ira de Dios Padre recaiga sobre Él. Jesucristo paga con su vida, a través de su muerte en la cruz, el castigo que merece todo ser humano, ya que todo ser humano ha desobedecido a Dios en múltiples formas. En la cruz, Jesucristo estaba derrotando para siempre a Satanás, el engañador. En la cruz, Jesucristo estaba ofreciendo perdón a todo aquel que confiadamente acude a Él, reconociendo que no hay otro Dios y Señor.

De la misma forma que Adán y Eva, en su primer pecado, escucharon palabras de esperanza, hoy Dios sigue pronunciándolas, pues aún hoy es día de salvación. “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”, Joel 2:32. Todo aquel que venga a los pies de la cruz, a los pies de Jesucristo, con arrepentimiento por sus pecados, por horrorosos y vergonzosos que estos sean, podrá obtener perdón gratuito, pues Jesucristo, el Justo, ya pagó todo cuanto se tenía que pagar. No queda nada por hacer, solo creer. Por Adán el pecado y la muerte pasó a todo el género humano. Por otro hombre, Jesucristo, Dios hecho hombre, es posible la salvación gratuita y el perdón total y absoluto de pecados. Y así, por medio de la fe, creyendo en Jesucristo, Dios declara justo al pecador, y el pecador tiene entonces paz para con Dios, porque todo está saldado.

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos 4:12.

Elisabeth Ramos

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