8760 podría ser cualquier cosa: una clave secreta, el precio en el mercado de un artículo, la cantidad acumulada en nuestra cuenta bancaria, los metros de un monte casi tal alto como el Everest… Pero, aunque bien pudiera ser cualquiera de estas cosas, no es nada de esto. Se trata de algo que está disponible para todos por igual independientemente del lugar en que vivamos, de la raza a la que pertenezcamos, del nivel cultural o de cualquier otra diferenciación. 8760 es el número de horas que nos ofrece este recién estrenado año; horas, algunas de las cuales ya se han evaporado, sin prisa pero sin pausa. El número está en constante movimiento decreciente.

Cuando al comienzo de un año hojeamos el nuevo calendario, nos parece que el recorrido desde Enero hasta Diciembre es largo: muchos meses, muchas semanas, muchos días. 8760 horas son muchas horas. Mas pronto todos nos hallamos repitiendo lo mismo: “¡Qué rápido pasa el tiempo. Ya estamos en Semana Santa!”, (o en verano o en Navidad). Y es que, aunque la cantidad de 8760 referido a horas pueda parecernos grande, en realidad esas horas se disipan velozmente: cada vez que amanece se han esfumado de golpe veinticuatro.

Quizás este año tengamos muchos nuevos propósitos, o quizá probemos a ver qué pasa sin tener ninguna meta específica. Sin embargo, proponemos una que con total seguridad  proporcionará grandes y maravillosos beneficios. Y no es necesaria una gran inversión, ni tampoco una gran cantidad de tiempo. La meta sugerida es la lectura diaria de la Palabra de Dios.

En general, son pocas las personas que tienen el hábito de leer diariamente una porción de las Sagradas Escrituras. Pero quienes así lo hacen son enriquecidos en sus personas de forma integral.

El rey David, hablando de las excelencias de la Palabra de Dios, escribió lo siguiente: 

“La ley del Señor es perfecta, reconforta al ser humano; el mandato del Señor es firme, al sencillo lo hace sabio; los decretos del Señor son rectos, alegran el corazón; el mandamiento del Señor es nítido, llena los ojos de luz; […]. Son más cautivadores que el oro, más que abundante oro fino, más dulces que la miel, que la miel virgen del panal.” (Salmo 19: 8, 9, 11).

¿Y quién no necesita cobrar fuerzas cuando el dolor y los problemas abundan? ¿Quién no necesita sabiduría para no equivocarse en la toma de decisiones? ¿Quién no necesita alegría en medio de las dificultades? ¿Quíen no necesita luz en el sendero oscuro de la vida?

Aprovechemos las horas que nos brinda este año. Todo está vacío, cada minuto, cada hora, cada día. Llenémoslos a través de un uso sabio del tiempo. Y para ello, nada mejor que acudir a la fuente de toda sabiduría, Dios mismo. Él nos habla a través de las Escrituras. Por su lectura podemos conocer de su amor y del sacrificio de Jesucristo, el Hijo de Dios, en favor de todos aquellos que confían en Él para el perdón de sus pecados. Por su Palabra sabemos de las maravillosas promesas reservadas para aquellos que depositan su confianza en Él, para aquellos que, en medio de su angustia, claman sinceramente a Dios.

Nuestra vida, el tiempo que tenemos para vivirla, se diluye rápidamente. Como dijo Moisés, somos como “… hierba que brota en la mañana, por la mañana brota y florece, por la tarde se agosta y se seca”, (Salmo 90:5,6). Que podamos acudir a Dios y decir como el profeta: “Enséñanos a contar nuestros días y tendremos así un corazón sabio”, (Salmo 90:12).

Elisabeth Ramos

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